El sueño del gato es el quinto libro de autores publicado por la Escuela de Escritores de Madrid, una obra colectiva que reúne relatos y textos narrativos surgidos del trabajo creativo de sus talleres literarios. Esta publicación consolida una tradición editorial que visibiliza el talento de sus alumnos y docentes, y refleja la madurez literaria alcanzada en el marco de su propuesta formativa.
El libro articula una serie de piezas breves que giran en torno a la figura simbólica del gato, explorada desde múltiples registros narrativos: lo fantástico, lo íntimo, lo cotidiano y lo metafórico. A través de estilos diversos, los textos abordan temas como la identidad, el sueño, la memoria, las relaciones humanas y la imaginación como espacio de libertad creativa.
Más que una simple antología temática, El sueño del gato es una muestra del enfoque pedagógico de la Escuela de Escritores: técnica narrativa, exploración de la voz propia y experimentación formal. Cada relato revela la pluralidad de miradas que pueden surgir a partir de un mismo detonante literario, confirmando que la escritura colectiva no diluye la individualidad, sino que la potencia.
Con esta quinta entrega, la Escuela reafirma su compromiso con la formación literaria y la difusión de nuevas voces, ofreciendo al lector un volumen estimulante que celebra el acto de escribir como ejercicio de imaginación, disciplina y sensibilidad.
En este libro Ana Magnolia Méndez participa con el cuento “Algida”.
Álgida
¿Cuántas veces te oí decir las mismas palabras? No lo recuerdo, pero el eco de tu voz, hoy silente, aún retumba en mi cabeza.
El hecho de que ahora no puedas hablar, ni insultarme, ni tirarme en cara tu inteligencia frente a mi estupidez; o tu éxito profesional frente a mi fracaso, o tu linaje en contraposición con mi apellido, ciertamente hace más fáciles las cosas.
Quizás seas tú el poseedor de las respuestas que necesita mi vida para terminar de encontrar su sentido, aunque sería mejor que yo misma me autorresponda: ¿por qué tuve cuatro hijos contigo?, ¿por qué aguanté tus chantajes, malos tratos y humillaciones?
Estoy por creer que soy yo la culpable de mi propia desdicha y de estos veinte años de franca agonía junto a ti.
Mi hermana ha venido a verte y has abierto los ojos. Con ellos has querido sacarla de tu habitación, de tu casa, pero tus ojos olvidaron que ya no hablas y mucho menos mandas en esta que es, irónicamente, la casa que compraste con tu dinero y en la cual hoy yo soy la única jefa.
Ahora que ella se ha ido y que te noto más tranquilo, quiero comentarte algo. No sé, presumo que por fin llegó ese momento. Estás limpio; la enfermera que contrató Luis te mantiene siempre impecable; te comiste tu sopita y me observas con cariño, como yo siempre soñé que me miraras; pero no quiero inquietarte, vayamos al punto:
¿Por qué me decías «álgida»?
Esa palabra sonaba en tu boca tan contundente, tan estrepitosa…, pero no la entendía. Era comprensible que me llamaras ignorante, pues sé que hay muchas cosas que desconozco; o fea, porque después del último parto mi boca quedó un poco doblada; pero ¿álgida? ¿Qué era eso?
Te confieso que por años viví con la duda, hasta que un día me atreví a tomar el diccionario de uno de los niños y la encontré. Estaba ahí, tan amenazante como en tus labios
Desde ese día la cosa se me ha enredado en la cabeza; es como cuando el médico me explicó que el accidente te había dejado imposibilitado para hablar, para moverte, pero no de escuchar, entender y comer; o cuando me dijeron que tú eras gay. Yo, francamente, no entiendo, pero lo que sí entiendo ahora es lo que significa la palabra álgida, pero ¿por qué me lo decías?
No lo deduzco, Omar, francamente no lo adivino; no es el hecho de que tú y yo tengamos veinte años juntos y cuatro hijos en común. Realmente contigo nunca sentí absolutamente nada. Se trataba únicamente de una representación de menos de diez minutos que al final me dejaba con los ojos álgidos fijos en el techo.
Tampoco es porque, en la mayoría de mis noches, mientras tú y Luis parrandeaban, yo misma calmaba mi necesidad de ti y te imaginaba de todas esas formas que en mis fantasías he soñado verte, y que me permitían volar a lugares increíbles y sentirme una mujer plena, feliz.
No, Omar, no es por eso, pues, como tú sabes, no eres el único que ha estado en esta linda cama que tú compraste.
No me mires así, Omar, ¿o es que no sabías lo de Luis? Pensé que sí, pues ustedes siempre han sido tan buenos amigos… Tú mismo me dijiste que Luis era como la otra parte de ti, no solo tu amigo de toda la vida, sino tu hermano, tu confidente, tu otra mitad, la persona que nunca te engañaría, tu confianza. ¡Se te van a salir los ojos, Omar!
¡Serénate! Y, sinceramente, lo siento, no sabía que lo ignoraras, pero lo que sí te quiero decir es que con él nunca me quedé fijada en el techo y, si algún día asomé a mirarlo, te juro que no divisé su blancura, ni las cornisas, ni la línea de cien hormigas negras que sube desde el extremo izquierdo hasta el bombillo, porque estoy segura de que el techo se abría y veía el cielo.
Mi hermana me recomendó buscar mis propias respuestas; y es cierto, Omar, no quiero atormentarte, quiero que vivas dignamente, que tu cama esté arreglada, que Luis siga manejando tu dinero, tus negocios y todas tus demás cuestiones, tal como tú lo hubieras pedido si pudieras hablar. Yo no podría, soy muy ignorante y muy fea para eso.
Pero no quiero abrir esa puerta y dejar entrar a tu estirpe sin antes decirte algo: evidentemente yo no soy álgida,
pero, Omar, ¿qué eres tú?
